El subdesarrollo. Por Carlos Alberto Zambrano Rodríguez

by Adm on 25 julio, 2011

El término “subdesarrollo” ha sido una constante en nuestro quehacer diario. Una palabra que, consciente o incoscientemente, forma parte de “algo” que se encuentra muy alojado en las mentes sureñas. Quizás fue un elemento inexistente para aquellos momentos en que nació, tal vez por asociación, lo del “Tercer Mundo”, donde lo de “tercer” aludía a un factor alejado del progreso, de la modernidad, del mejor vivir que pregonaban el imperio norteamericano y el europeo.

Más adelante sobrevino el remoquete hacia las potencias de los “siete países industrializados”; es decir, un grupo de naciones que contaban con gigantescas industrias, las que llenaban esos territorios. En esos “siete” no se encontraba algún país suramericano –aunque Brasil ya poseía adelantos visibles.

Por su parte, los de por estos lados –de habla hispana– comenzamos a creer que era verdad; que los desarrollados estaban del otro lado del mar y que eran muy distintos a nosotros. Esa nueva creencia –aceptada con cierta pena soterrada– fue impulsada por factores que, aunque muy visibles, se movían ocultamente. Veamos cuáles fueron: el Estado, los medios de comunicación, la Iglesia católica y ese monstruo al que llamaron “cultura”.

Inicio la presente reflexión con lo que –bajo mi punto de vista personal y absolutamente subjetivo– creo que abarca a los demás factores: la cultura. Así, ¿qué entendemos por ese monstruo de mil cabezas? Si vamos a lo que hemos “aprendido” (a cuanto nos enseñaron a empujones los antiguos rectores sociales y la larga fila de lamientes de botas foráneas) en dicho término debemos incluir lo que aprendemos, lo que nos enseñaron en las cátedras aunque no lo entendíamos, los estudios, los puntos de vista de quienes decían ser “la opinión del pueblo”, en fin, una amalgama de “saberes” profesionales y de experiencia que “nos mantuvieron al día” de cuanto sucedía en el mundo.

La anterior puede ser –a los ojos de los indolentes patrios– una muy pobre definición de dicho término, pero nos ayuda a evitar ir al DRAE para no leer lo que los dueños de las letras han conceptualizado para el término “cultura”. Y si vamos más lejos –procurando algo de mayor audacia latente e irreverente– pudiéramos atrevernos a decir que la cultura es todo aquello que forma o deforma en nosotros alguna percepción de un dicho, moda o suceso que debiera hacer interesar a grandes grupos humanos.

Sí, me parece que la mejor opción es aceptar que la cultura (“nuestra cultura”) es la que nos hace ver algo dañino o beneficioso en algún pormenor social, económico o político que nos atañe. Es una suerte de “lente” personal que se va formando en cada ser a medida que transcurre su vida.

Ahora bien, los de “por estos lados” tenemos nuestra cultura; una manera muy particular de percibir los aconteceres mundiales. Lo cual nos obliga a interrogarnos: ¿de dónde han provenido –y provienen actualmente– esas informaciones; esa “enseñanza”? La respuesta se encuentra en una trilogía de orígenes que, mezclados, han construido el esquema mental de millones de humanos de por estos lados: El Estado, la Iglesia católica y los medios de comunicación. Analicemos un ejemplo consecuente en el tiempo nefasto ya superado: la Constitución venezolana de 1961 instituyó que la religión oficial de Venezuela era la católica. Así, la Iglesia, por su parte, en franca unión con esos “Gobiernos” preceptuba obligaciones religiosas a sus creyentes incautos, y era vista como un “ala” del Poder (dominaba, además de creyentes, colegios, radios, televisoras, programas de gobierno); y por si fuera poco, daba, cuando así le parecía, el “visto bueno y por mandato de Dios” a las acciones del Estado confabulado.

Aquí entran los medios de comunicación: apoyando en todo –con extensas páginas editoriales y programas de televisión– los “pasos sagrados” de la Iglesia, y, por supuesto, del Estado cegato. “Así lo ha querido Dios”, rezaban los artículos de opinión ante las desgracias (terremotos, actos de corrupción, muertes infantiles…). Por su parte, el Estado, amparándose en las estupideces religiosas, elaboraba textos escolares donde el indio Guaicaipuro era el malo (el antiprogresista) por oponerse al invasor, donde se alababa al llanero Páez (callaban la traición a Bolívar y la desintegración continental), donde lo importante era aprender inglés (jamás mencionaban la lengua de nuestros indígenas sureños); eran textos donde se resaltaban las avenidas, esculturas, deportes y otros llamados “adelantos” de USA (nunca se les ocurría detenerse en las maravillas de los Médanos de Coro). Y para redondear ese “cuadro”, en esos textos había un mensaje para informarnos que “en Miami se vive mejor”.

En palabras llanas: eran discursos orales y escritos donde a los estudiantes se les hacía ver que lo de afuera era mejor. Todo, mediante el cliché inyectado y repetido hacia las mentes cautivas: “somos subdesarrollados a pesar del petróleo abundante en nuestro suelo; Dios sabe lo que hace”.

Entonces, como consecuencia obligatoria: ¿cuál era la información que le llegaba al estudiante venezolano y sureño? ¿qué se estaba formando en la cabecita estudiantil ante las informaciones que provenían de la “autoridades” de esa Venezuela? Una sola: “Somos subdesarrollados porque así lo ha dispuesto el Creador, pero seguimos pa’ lante; la constancia trae la victoria”Y ¿qué sucedía, mientras tanto, en las altas esferas políticas, religiosas y de comunicación en esos países donde la población escuchaba y aprendía esas palabras de sus líderes?: dolor, muerte, miseria; empresas nacionales vendidas a potencias extranjeras; ríos y lagos secos por el corte consumista y sin control de árboles de caoba, miles de McDonald’s en cada país para “alimentar” a la población; miles de fábricas de “pepsi” para que todos “vivan mejor”; hospitales públicos transformados en clínicas privadas porque “pagando –y bien caro– podrás alargar tu tiempo de vida”; camiones en largas filas de la Polar visitando y llenando a los barrios del infaltable “oso”…

Sería interminable la lista de esos “mientras tanto”, en consecuencia, veamos en un ejemplo repetido el cuadro final; en qué ha terminado esa inyección de “cultura”: un matrimonio medio venezolano con dos o tres hijos cuyos padres estén preocupados –en verdad– por sus retoños; y pongamos una profesión en cada ascendiente. Ahora analicemos un día en ese hogar: los hijos –inocentes, sin lugar a dudas– son enrolados por la gran tv a tomar “pepsi, para que seas distinto”, “para que puedas tripear con tus panas”; ellos, con el telf celular más costoso y de moda (tan igual al del artista X), los pantalones femeninos más ajustados, las motos y chalecos que “destacan tu personalidad sin miedo a los obstáculos”, “para lanzarte con tus panas al riesgo”, las fotos de la última camiseta negra de la cantante que “enloquece al mundo”; todo, mediante el mensaje diabólico y atrapador de voluntades al amparo del Estado: “eres distinto, úsalo para que te diferencies de los demás, tú sí puedes lograrlo, demuéstrale a tus panas que eres superior”…

Volvamos ahora a la pregunta y a la respuesta necesaria que dio inicio a este discurso (muy personal, repito): ¿Qué tenemos al final de tanta “cultura”? A un joven que, por creerse “distinto” no piensa en sus semejantes ni en los Médanos de Coro porque “es algo que da ladilla”; no señor, él ahora es diferente, muy distinto a esos “negritos”que no salen en las propagandas, a menos que sea un deportista destacado que gana en dólares en USA. Sus nuevos lentes importados le harán ver que sus estudios deben apuntar a conseguir un consultorio o bufete (o clínica, o…) donde se le cobrará un ojo a cada cliente, pero eso sí, con una biblioteca llamativa (por los colores y revistas de moda, jamás por los textos patrios que “no me sirvieron para nada”) y a la vista de los incautos que procurarán los servicios de ese profesional tan apegado a lo que debe estar: a la moda.

En fin, un sureño que “está culturizado para enfrentar al mundo (a su mundo)”. Entonces, él, con sus muy marcadas diferencias para con sus semejantes, sabrá muy bien cómo hacer para comer mejor en McDonal’s, cómo saber diferenciar al blanquito del negrito, cómo ser insensible ante el indígena patrio o peruano –sumándose al “líder” sureño cuando dijo que los indígenas peruanos eran ciudadanos de segunda categoría–, y cómo, en definitiva, deberá hacer para estar a la par de los adelantos mundiales; del mundo “desarrollado”; el que está más allá del mar.

Nadie, ninguno, le dijo que esos adelantos norteños y europeos se formaron por las perlas –en el inicio de la invasión bárbara– que se robaron en estas tierras; tampoco sabrá apreciar que la tecnología foránea, en gran parte, se desarrolló a expensas de la esclavitud que impusieron los jerarcas del mundo –y por autoridad del dios europeo, inglés o norteamericano– en las mentes de quienes fungían cuales líderes, rectores de esta sociedad, tiempo después en pleno siglo XXI. Sí, ninguna voz profesoral o rectoral se los dijo; los textos patrios jamás podían hablar de “eso”.

Es muy normal, y no debemos alarmarnos, por tanto, que en la mente de esos miles de venezolanos y latinoamericanos esté blindada la imagen de una patria subdesarrollada. Jamás –me atrevo a sentenciar– ese inocente joven llegará a descubrir que lo que su mente fragua y sopesa (su “cultura”) es consecuencia de la actitud nefasta de quienes se creyeron ser Gobierno desde las filas del Estado, de la Iglesia y de los ya obsoletos medios de comunicación.

Insistamos ahora en la interrogante inicial: ¿Somos subdesarrollados?, la única respuesta aceptable tiene que ser: ¡No, no lo somos!; es algo cultural subliminalmente enseñado por esos antivenezolanos que se arrodillaron en todos los órdenes ante los que se han creído policías y rectores del mundo y de la fe religiosa; es un monstruo que podrá ser visualizado dependiendo del cristal con que nos vistieron en nuestros primeros años de vida, o con el tipo de lentes que hayamos comprado de acuerdo a nuestra postura individualista o según la nueva óptica socialista con que se está vistiendo la nueva América Latina; la que vuelve sus ojos hacia aquel sueño bolivariano que pudo ser detenido en 1830, pero que renace en cada país progresista mediante las voces irreverentes de miles de compatriotas conscientes de ese pasado al que nunca regresaremos.

Carlos Alberto Zambrano Rodríguez

carlos13221953@hotmail.com

 

 

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